Hace cosa de un año se empezaba a hablar de un supuesto astro gigante que se aproximaba a la Tierra y que iba a ocasionar grandes desastres naturales de proporciones nunca antes imaginadas (ese astro tenía nombres como Nibiru, Planeta X, Hercolobus, etc). Hay de todo por ahí en Internet: desde discursos del anterior presidente estadounidense Obama (por supuesto, sacados de contexto y manipulados) hasta, ojo, páginas católicas (o supuestamente católicas) en las que se cita información de fuentes diversas: investigaciones de aficionados a la Astronomía, apariciones marianas NO aprobadas por la Iglesia Católica (por ejemplo, Garabandal no está aprobada, así que, con lo que leáis en su web sed muy cautelosos y consultadlo con las autoridades eclesiásticas), y otras fuentes de carácter esotérico (y, por tanto, de dudosa o nula credibilidad).

He de reconocer que en su momento, cuando me llegó un mensaje (no citaré quién me envió ese mensaje precisamente por respeto y afecto hacia esa persona) que decía confirmar la existencia de ese astro e incluso respaldarlo con las supuestas observaciones de un tal Carlos Calzada o de las investigaciones de Antonio Yagüe (a quienes, por supuesto, no pretendo desacreditar ni mucho menos difamar), yo me lo creí, y no me trajo mucha paz que dijéramos (porque, si bien es verdad que los católicos no tenemos que temer nada si estamos con Cristo, es verdad que también somos humanos y que las catástrofes naturales, terrestres o cósmicas, no es que hagan mucha gracia).

¿Qué sentido decían tener esas supuestas profecías del planeta Nibiru (o como quiera que lo llamaran)?

Se afirmaba que el hombre no solamente se había apartado de Dios (lo cual, por desgracia, está ocurriendo incluso dentro de la propia Iglesia Católica), sino que había jugado a ser como Él, suplantando Su Lugar. Ante todo, una cosa sí es cierta: a nivel moral, en el mundo entero ahora mismo reina cada vez más la iniquidad (y lo que es más triste es que además ya se legisla a favor del mal, llegando incluso a penar con multas o con la cárcel a quien lo denuncie o se oponga a tal atrocidad). No hay más que ver las guerras, la trata de personas, la explotación infantil, los numerosos ataques contra la familia y contra la vida (aborto, ideología de género, eutanasia, subrogación, etc), los ataques contra los católicos (de formas completamente descaradas y muy ofensivas, cosa que hasta algunos no creyentes reconocen), la prostitución, el narcotráfico, etc. Y cada vez se expande más el mal. Hasta aquí, todo verdad, por desgracia.

Ahora bien, ¿hemos de esperar a que tenga que venir un astro gigante a que saque a la Tierra de su órbita, invierta los polos geográficos y cause terremotos y maremotos para que nos convirtamos? Yo creo que no.

De esa profecía del vuelco de los polos (que se anunciaba en torno al 13 o 14 de noviembre del pasado año 2016) nada tuvo lugar (el único fenómeno astronómico que tuvo lugar ese día fue la super-luna, y eso era debido a que la Luna se hallaba en su punto más cercano a la Tierra, coincidiendo con su fase de luna llena). Con lo cual, por lo menos esto ya debería ponernos más en alerta contra tantos mensajes catastrofistas.

Ante estas supuestas profecías (al igual que ante la profecía de que el mundo se acabaría el 21 de diciembre de 2012, y todo porque lo decía un supuesto documento maya que a saber cómo se tradujo), a mí se me ocurre responder con lo que dice Jesucristo en Lc 21,8: Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando Mi Nombre y diciendo “Yo soy” y “El tiempo está cerca”. No les sigáis. Sin ánimo de pretender desacreditar a Antonio Yagüe (el cual se define como un católico devoto), sí que es bueno que esto suene más bien como una llamada de atención: no podemos saber ni el día ni la hora en que venga Jesucristo en Gloria y Majestad. Ya lo dijo Él Mismo (Mt 24,36): Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles, de los cielos ni el Hijo; sólo el Padre.

Por supuesto que Jesús dijo (Lc 21, 25-28): Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, naciones angustiadas, trastornadas por el estruendo del mar y de las olas. Los hombres se quedarán sin aliento, presa del terror y la ansiedad, al ver las cosas que se abalanzan sobre el mundo, porque las fuerzas de los cielos se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo de Hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación. He de decir una cosa: como no soy exégeta (es decir, no tengo la suficiente preparación ni formación teológica para interpretar las Sagradas Escrituras), no voy a atreverme a hacer yo mismo mi propia interpretación, simplemente me limitaré a poner lo que sé: Jesús habla en ese versículo de Su Venida en Gloria y Poder (que tendrá lugar en el Día Final). A esa Venida, precederán señales en el sol, la luna y las estrellas. Qué señales, yo no sabría decir y antes de meter la pata, mejor no decir nada. Lo que sí podremos extraer es lo siguiente: como no sabemos qué día tendrá lugar el Juicio Final (y por favor, esos vídeos que circulan por Internet que ponen fecha exacta, no les prestemos atención, eso contradice lo que dijo El Señor de que nadie sabe el día ni la hora), hemos de permanecer en vela, llevando una vida recta, procurando estar en paz con El Señor y en Comunión con la Iglesia Católica. Jesús dijo que nadie sabe el día ni la hora y que, por eso, debemos permanecer en vela (podría suceder dentro de tres días o dentro de quinientos años, quién sabe).

Vale, entonces, ¿qué hay que hacer?

Jesús ya nos lo recordaba como se lo recordaba al joven rico: cumplir con los Mandamientos. Ahora bien, no es suficiente, me refiero, ese cumplimiento no puede ser “de boquilla”, sino que ha de ser de corazón: con Amor. Porque, como bien dijo Jesucristo, los Mandamientos se resumen en dos: Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Y de nada sirve cumplir los mandamientos si no hay amor. Es decir, que el cumplimiento no sea cumpli-miento (esto es, “cumplo y miento”).

Dicho de otro modo, la respuesta a lo que hay que hacer yo creo que es muy sencilla: amar. Empezar por buscar amar a Dios cada día más (Él nos ha amado primero, porque nos ha creado y nos ha dado la vida) en la Oración, en los Sacramentos (especialmente la Confesión y la Eucaristía) y luego amar al prójimo como a nosotros mismos. Nuestro prójimo es: nuestra familia, nuestros amigos, nuestros compañeros de clase o del trabajo, los vecinos… en resumen, todo aquél que tenemos a nuestro alrededor. Una forma muy bonita de amar se concreta en las Obras de Misericordia (corporales y espirituales):

OBRAS CORPORALES DE MISERICORDIA
1. Dar de comer al hambriento
2. Dar de beber al sediento
3. Dar posada al necesitado
4. Vestir al desnudo
5. Visitar al enfermo
6. Socorrer a los presos
7. Enterrar a los muertos

OBRAS ESPIRITUALES DE MISERICORDIA
1. Enseñar al que no sabe
2. Dar buen consejo al que lo necesita
3. Corregir al que está en error
4. Perdonar las injurias
5. Consolar al triste
6. Sufrir con paciencia los defectos
de los demás
7. Rogar a Dios por vivos y difuntos

Y el amor ha de verse manifestado muy especialmente en el seno familiar. Comenzando por los esposos. Es muy bueno que el marido tenga cada día detalles de amor con su mujer y que la mujer tenga detalles de amor con su marido (no necesariamente materiales, es más, vale mucho más dedicar tiempo a tu esposa o a tu esposo que regalarle cosas o prepararle un buen guiso, aunque esto último tampoco está mal de vez en cuando 🙂 ). Si los hijos ven que su padre y su madre se aman de verdad, ellos estarán felices, mientras que constantes disputas, riñas o incluso infidelidades acabarán causando heridas en los hijos. Por supuesto, padres, pasad tiempo con vuestros hijos (y no lo supláis por un exceso de cosas materiales ni pongáis la típica excusa de “es que tengo que trabajar hasta las mil porque mi jefe lo quiere todo para ayer”). Si para ello tenéis que buscaros un empleo que, aunque os retribuya menos y os limite vuestra carrera profesional, os haga estar menos horas, pues mejor que mejor.

También ha de verse manifestado en el noviazgo. Aquí somos los chicos quienes tal vez más fácilmente nos podemos dejar llevar por las tentaciones, pero, como bien dijo el Papa Francisco: no quemen etapas (se puede ver en este vídeo). El noviazgo es una etapa de transición en las que un hombre y una mujer se van conociendo poco a poco, a nivel psicológico y espiritual, y van discerniendo sobre si están o no dispuestos a formar una familia contrayendo matrimonio. Por tanto, el amor en el noviazgo es también algo muy bonito, y se puede ver manifestado en detalles como: preguntar a tu novia qué tal le ha ido el día, o qué tal le ha salido el examen de su oposición, o a veces simplemente escucharla (tengo entendido que a las mujeres les gusta mucho que les escuchen, en el fondo a los hombres también nos gusta, aunque quizás lo valoramos menos, no sé), o bien preguntarle a tu novio lo mismo (no solamente ha de ser el novio el que se interese por su novia, ha de ser algo recíproco). Y otro detalle más bonito que puedes tener con tu novio o con tu novia es, por ejemplo, llevarle a rezar contigo, o a Misa contigo. Y aunque hoy día nos hayan metido a fuego justo lo contrario (eso de que “si se quieren, ¿por qué no se van a acostar?”), hay que entender una cosa: el acto sexual (o más correctamente llamado acto conyugal) no es algo malo, todo lo contrario, es algo magnífico, pero es algo que está reservado para el matrimonio, y la razón está en que el acto conyugal es la expresión más bonita de comunión que existe entre los esposos (por eso, está reservada para el matrimonio y no para que un chico y una chica que simplemente están saliendo juntos se permitan “un ratito de placer”). Recomiendo ver esta predicación del Padre Loring (que en paz descanse), y también una película mexicana llamada El Estudiante, que enseña multitud de valores relacionados con la afectividad y el amor verdadero. Pero bueno, no nos vayamos demasiado del tema principal.

Volviendo al hilo del tema: es verdad, hay multitud de mal en este mundo (y que cada vez cobra formas más perversas), pero la única manera de combatirlo es con amor, con un amor auténtico (y no con falsos amores que nos venden, ojo): el de darse a los demás. Y, por supuesto, mediante las distintas obras de amor y caridad, hemos de mostrar el Rostro de Cristo a quienes no Le conocen. No basta con predicar la Palabra y los Mandamientos, hay que llegar a la gente mediante el amor auténtico y verdadero. Recuerdo una frase de la película El Hobbit-Un viaje inesperado, que pronuncia Gandalf cuando habla con Galadriel: He aprendido que son los detalles cotidianos, los gestos de la gente corriente los que mantienen el mal a raya; los actos sencillos de amor. Gestos a veces tan sencillos como: saludar cuando lleguemos, pedir las cosas por favor, dar las gracias, despedirnos cuando nos vayamos, ayudar en casa y a nuestros familiares, hacer bien nuestro trabajo, etc.

Así que, por favor, cuando veamos supuestas noticias de catástrofes naturales, asociadas a profecías de desgracias (como, por ejemplo, una de la que a veces se oye hablar, la de los tres días de oscuridad), no les prestemos demasiada atención (yo en su momento me lo creí, lo del astro, y ya ves, luego nada sucedió, esto ya me está haciendo reflexionar), al menos si eso nos aparta de amar a nuestros seres queridos y, lo más importante, de nuestra relación con El Señor. No digo que tengan que ser automáticamente mentira (ya digo que nunca se sabe si podría venir algún astro lejano, colarse en el Sistema Solar e interferir en la órbita terrestre, hasta ahora no hay ningún argumento científico que lo refute), pero, ¿de qué sirve dedicar tiempo a estudiar eso si no tenemos amor? Ya lo decía San Pablo: si no tengo amor, no soy nada (1 Corintios 13, el himno a la caridad). No dediquemos demasiado tiempo a estudiar fenómenos cósmicos lejanos y sí a cultivar nuestra relación de amor con Dios y con los demás.

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